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The Blower’s Daughter

A Lucía desde siempre le habían vendido la idea de que sus problemas desaparecerían al mismo ritmo que sus kilos de más, y que su felicidad crecería de forma inversamente proporcional a la circunferencia de su cintura. Pero era mentira.

Y no tardó en descubrirlo. Pasó un largo tiempo para conseguir entrar en aquella talla treinta y ocho que tanto ansiaba. Con el nuevo número marcado en sus pantalones y caminando a paso firme sobre sus tacones de aguja, pensaba que tendría a cualquier hombre a sus pies. Pero se equivocaba.

El mundo, es un sitio cruel para una chica que, a pesar de acercarse cada vez más a los treinta, sólo ha pasado por la cama de un hombre. Aquella relación no terminó muy bien, y para resarcirse, decidió volver a colgarse el cartel de disponible, menguando el tamaño de su cuerpo, que, como efecto secundario de su felicidad doméstica y cotidiana, se había estado inflando sin prisa pero sin pausa, a lo largo de casi seis años.

Aquella noche de junio salió de fiesta con algunas amigas, pero por más que lo intentaba, no conseguía sentirse agusto encerrada en locales de música machacona. Seguramente por eso solía hacer “despedidas a la francesa”, y en el momento en que la vibración interna de sus oídos le resultaba insoportable, simplemente hacía mutis por el foro y desaparecía. Odiaba sobremanera cuando intentaban convencerla de seguir en algún garito. Al fin y al cabo, pensaba, se sale para divertirse, y si uno deja de pasárselo bien, tiene todo el derecho del mundo a volverse a casa.

Así que como cualquier otro fin de semana, puso en marcha su escapada silenciosa, y cuando se encontraba a una distancia prudencial del local en cuestión envió un SMS a una de sus acompañantes.

Me marcho a casa, mañana me cuentas qué tal. Pasadlo bien. Besos

Lo justo para que no se preocuparan.

Caminaba con paso quedo hasta su coche. Apurando la última copa, que el segurata del bareto tuvo a bien verter en un vaso de cartón cuando le dio las buenas noches. En un momento dado del trayecto miró dentro del recipiente y llegó a la conclusión de que le quedaba más whisky que metros hasta su vehículo, le pareció un desperdicio deshacerse de su bebida y se sentó en un escalón a terminarla.

Hola

La sorprendió de repente una voz a su derecha.

Volvía a casa, te he visto y he sentido un flechazo. ¿Te importa si me siento?

Ella negó con la cabeza, así que el chico se sentó a su lado. El dueño de aquella voz era alto, rubio y de ojos azules. El típico hombretón de anuncio que nunca jamás sentiría ningún interés en Lucía, ella lo sabía, pero aquella noche, de repente, decidió dejarse querer por un rato.

En serio, al verte, ha sido como si algo me atravesara el pecho y he sentido la necesidad de hablar contigo. Quiero conocerte, quiero besarte, hacerte mía y despertar a tu lado cada mañana.

En este punto la chica no pudo contener una carcajada.

No te rías mujer, para que veas que te lo digo en serio voy a apuntar tu número de teléfono y te haré una llamada perdida ahora mismo para que tengas el mío. Para que no te preguntes mañana si te voy a llamar o no…porque pienso llamarte todos los días del resto de mi vida.

A ojos de Lucía, la situación se parecía cada vez más a un mal episodio de “Sexo en Nueva York”. Era plenamente consciente, o eso creía, de las intenciones del muchacho pero, no obstante, decidió seguirle el juego.

¿Cómo te llamas?

Preguntó, mientras trasteaba el móvil para apuntar el número de la chica.

Alicia

Mintió ella con descaro y seguridad, y pensó “mentir es lo más divertido que una chica puede hacer sin quitarse la ropa”, al tiempo que hacía lo propio con su teléfono.

Vente a mi casa. Hazme ese honor y déjame hacerte el amor toda la noche… Te juro que vas a ser el amor de mi vida…estas cosas sólo pasan una vez y hay que aprovecharlas.

Ella asintió, se levantó y le hizo un gesto para que le siguiera hasta su coche.

En cuanto entró en el auto empezó a besarla y a colar la mano por cada rincón que dejaba libre su ropa.

Durante el breve trayecto, él no paró de hablar de amor eterno y de prometer la luna y las estrellas para ella, como en cualquier buen telefilm de Antena3 que se precie. Lucía no mediaba palabra, simplemente se limitaba a sonreirle y a humedecer su ropa interior imaginando lo que pasaría después.

Y lo que pasó después fue breve pero intenso. El hombre no perdió el tiempo. Empujó a Lucía contra una pared nada más llegar a la vivienda, de manera que el abundante pecho de ella sentía cada gránulo de gotelé, y en el trasero disfrutaba del roce de su miembro, aún dentro del pantalón. La agarró del pelo para ladear su cabeza y dejar accesible el cuello, entonces la mordió con pasión. Todo le pareció tan racial a Lucía que se agarraba a la pared con ansia.

En menos de un minuto, entre besos y mordiscos, ya la había desnudado por completo y la llevaba en brazos al dormitorio. En ese momento ella volvió a pensar:

Mentir es lo más divertido que una chica puede hacer sin quitarse la ropa…pero es más divertido si te la quitas.

El joven le hizo el amor intensamente. Lucía perdió la cuenta de los orgasmos que él consiguió suministrarle, e incluso por un momento pensó que perdía el sentido de tanto placer que sentía. La mezcla del morbo, el alcohol y las mentiras la encendió como nunca antes, de tal manera que, por primera vez en su vida, tuvo la clara certeza de haber dejado un recuerdo húmedo. de olor dulzón y nada pequeño, de su disfrute en el colchón.

Cuando su amante vio la mancha, sonrió.

Me encanta que hayas dejado tu esencia en mi cama, ahora siempre olerá a ti. Gracias por regalarme este momento.

La besó tiernamente y se levantó dirección al baño. Ese fue justo el momento en que Lucía pensó “Se acabó la función”, se limpió con la sábana, y sin prisa, pero sin pausa, comenzó a vestirse para volver a su casa.

La sorpresa llegó cuando él volvió a la habitación completamente vestido, perfumado, peinado y engominado, mientras ella aún se estaba poniendo las medias. Y comenzó a hablar al tiempo que le iba alargando, prenda a prenda, toda su ropa.

Verás, Alicia, lo siento mucho…

Y le dio el sujetador…”Gracias”, respondió ella

…pero mi hermano me ha mandado un sms…

Le llegó el turno al jersey… “Gracias” , repitió Lucía

…y tengo que volver a la discoteca…

Después a la falda… “Gracias”, y ella sonrió al contestarle

…Al parecer ha tenido algún tipo de problema, pero es que no tengo dinero en casa…

Y por último al bolso… “Gracias”, susurró la chica sonriendo de nuevo

…¿te importa acercarme?…

Llegados a este punto, Lucía salió de la habitación en silencio, sin borrar la mueca burlona de su rostro, y consiguiendo con esto que él la siguiera.

Salieron de la vivienda, y aún en la misma puerta Lucía cogió el monedero, sacó los últimos cuatro euros que le quedaban tras la noche de juerga. Le dio un largo y húmedo beso a su acompañante y le puso las monedas en la mano, al tiempo que le decía.

Ten. Esto por el polvo y para que te cojas un taxi.

Dio media vuelta y se marchó.

Durante aquel instante, sólo se oyeron unos zapatos de tacón alejándose en la noche y un hombre llamando:

…¡Alicia!…¡Alicia!…¡Alicia!…

 

Remordimiento

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La puerta se abrió violentamente, entró y echó un vistazo. Todo normal hasta dónde recordaba; la vieja alfombra seguía en su sitio, como cuando él jugaba, y el reloj continuaba funcionando.

Sintió el corazón en la garganta y comenzó a correr; debía llegar a la habitación antes que fuera demasiado tarde. Cruzó el inmenso salón, donde hacía meses que no entraba, siguió por un pasillo interminable y al fin llegó a la escalera. Tenía treinta escalones. Treinta escalones que le separaban de la verdad. Al tiempo que subía los peldaños vagas imágenes iban apareciendo por su cabeza; recuerdos de una vida lejana y feliz donde no se preocupaba por nada ya que nada le hacía falta. En aquellos días subía y bajaba la escalinata como una exhalación, todo era risa y jolgorio pero ahora el miedo comenzó a helar sus miembros y sus movimientos se hacían más torpes y pesados.

Al fin llegó arriba. Respiró profundamente y escuchó como su atemorizado corazón se resistía a seguir en el pecho e intentaba abrirse paso por la faringe.

Reanudó la marcha, al fondo frente a él aparecía la habitación ansiada.

La puerta estaba entreabierta y había una mancha roja en el suelo. Se acercó temblando y tocó el líquido viscoso que empezaba a coagularse. No había lugar a dudas: era sangre.

Por fin se enfrentó a sus miedos, abrió la puerta y entró en la estancia. Una vez dentro su estómago no pudo contener la impresión y rechazó el desayuno, que fue a parar justo encima de una sábana tirada en el suelo.

Paseó la mirada por el dantesco escenario y comenzó a buscar desesperadamente entre la sangre, el desorden y las vísceras. Levantó papeles, trapos, fotos, sábanas, sillas e incluso el enorme espejo de tocador que yacía en el suelo; y justo debajo de él apareció algo que pudo reconocer.

Su mano.

Tan sólo su mano, morada, fría, rígida y sola…pues tras la muñeca no había nada.

Esa visión terminó de destrozarle, la tomó temblando, y, sentado en la cama comenzó a acariciarla. Sus manos eran las más bellas que nunca había conocido ni conociera, eran blancas como la nieve, suaves como la seda y con unos dedos delgados e interminables que ahora lucían hinchados y negruzcos…¿cómo podía haberlo hecho?¿cómo llegó hasta ese punto?…

Salió de la habitación, bajó las escaleras y se sentó en el enorme sillón de terciopelo. Se sirvió una copa y con el miembro entre sus manos, se obligó a recordar la noche anterior.

Recordaba el anónimo recibido en su oficina en el que le comunicaban que ella había empezado a verse con otro hombre, indicando un lugar y una hora donde podría comprobarlo. Al principio no le dio credibilidad, al fin y al cabo se estaban dando un tiempo y ya todo apuntaba a que superarían la crisis que estaban pasando. Pero, aún así, conforme se acercaba el momento las dudas le asaltaban y recordaba pequeños detalles que le hacían dudar de ella. La amaba tanto…Y al fin, movido por sus dudas acudió a comprobarlo.

La vio con otro hombre, riendo, pasándolo en grande y besándolo con una pasión ya olvidada entre ellos dos. Volvió a casa y comenzó a beber.

Hasta ahí lo recordaba todo con nitidez, al igual que cuando la llamó para cenar juntos.

En adelante todo estaba oscuro en su cabeza…podía recordar una visión suya al recogerla… llevaba aquel imponente vestido rojo…otra imagen cenando en Marco’s…un inmejorable vino blanco…¡y ostras! A ella le encantaban las ostras…A la vuelta en el coche, él paró en casa de sus padres, dónde hacía algunos meses ella había instalado su residencia, le invitó a subir e hicieron el amor intensamente, como nunca antes lo habían hecho, como si hubieran sabido con antelación que ésta sería la última vez que lo harían…Y tras eso…

Nada.

Tan sólo…¡sí! Ellos en la, ahora ensangrentada habitación, acariciándose y besándose. Lo último que recordaba era que ella lloraba arrodillada a sus pies mientras él la abofeteaba. Después él despertó en su casa, vestido, con las manos manchadas de sangre y barro en los zapatos.

Bebió otro sorbo de su vaso y empezó a temblar de miedo ¿habría sido él?…esa idea le martirizaba, miró la mano inmóvil, comenzó a acariciarla y a pasear el envés por su mejilla, entonces, por primera vez desde hacía mucho tiempo derramó una lágrima.

Se levantó y cogió la 38 milímetros que guardaba en el cajón del bureau, intentó cargarla pero ya lo estaba – Extraño – pensó – suelo guardarla descargada.

Pero era una nimiedad y no merecía la pena preocuparse por ello. Terminada la copa se sirvió otra y disfrutó de ella con paciencia. El recuerdo de su mujer le taladraba el cerebro y una sola palabra resonaba en su cabeza: A S E S I N O

Miró una vez más la mano y no pudo contener la rabia: la lanzó contra una pared, metió el cañón del arma en su boca y disparó.

Silencio.

Tan sólo eso se oía en la casa.,

Silencio.

Pasado un tiempo prudencial sonaron unos tacones sobre el parquet, probablemente de aguja, bajando las escaleras y se pudo diferenciar la imagen de un imponente vestido rojo sobre el espejo del salón. Se oyó el inconfundible sonido de un antiguo teléfono de disco al marcar. Tras eso la sibilina voz de una mujer.

– Si, todo bien, ya podemos irnos tranquilos – comenzó a reírse mientras miraba el cuerpo inerte con desprecio – Ven y ayúdame a limpiar.

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