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La Chica del Espejo

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Por primera vez la imagen del espejo no me devolvía una mirada de desaprobación ; podía ver cómo mis ojos recorrían lentamente la figura que estaba frente a mí y la reconocióan como familiar, cercana y propia.

Era yo.

Era mi imagen la que se reflejaba y no podía negar que su visión no me resultaba, en absoluto, desagradable. El pelo mojado caía pesadamente sobre los hombros, dejando escapar tímidas gotas de agua que se aventuraban a resbalar sobre la piel hasta la zona del ombligo.

Las curvas de mi cintura aún permanecían ahí, pero ya no me resultaban extrañas; llevaban demasiado tiempo en ese lugar como para querer marcharse de pronto. Las caderas seguían siendo anchas, voluminosas además de redondeadas y continuaban en unas piernas cortas y torneadas para acabar en unos pies minúsculos en comparación con el resto. Sin explicación alguna esa chica del espejo me pareció hermosa, tan hermosa que deseé tocarla; y me acerqué lentamente, sin apartar la mirada de esos ojos que me observaban con una gran profundidad y en los que me veía reflejada como en un estanque sin fondo.

Una vez en frente suya, acaricié el espejo , pero su tacto era frío como el hielo. Tan frío que me quemó la punta de los dedos, y casi instintivamente me los llevé a los labios para humedecerlos y aliviarlos ; entonces me dí cuenta de la suavidad de esos labios.

Eran como de algodón, y sorprendida por el descubrimiento mordí el inferior de ellos con intención de retenerlo y alejarlo de las yemas de esos dedos que lo acariciaban insistentemente; en ese instante observé que además de suaves eran dulces como la fruta de verano.

Esos ojos no dejaban de mirarme; la chica del espejo me obsesionaba, la deseaba… nunca antes había deseado a un hombre de la forma en que la deseaba a ella, así que casi sin darme cuenta comencé a deslizar las manos por su piel, aún humedecida por la reciente ducha, y cada centímetro que avanzaba suponía una nueva e inesperada sensación. Nunca antes había tocado una piel tan suave como aquella. Y nunca nadie me había hecho estremecer de la forma en que esas manos lo hacían , eran unas manos expertas que conocían mi anatomía y se adentraban sin miedo alguno, aventureras, en cada rincón; subiendo a cada montaña y bajando a cada valle…

Ahora esos ojos me miraban con deseo…me miraban a mí.

No había nadie más…

Sólo la chica del espejo y yo…

Cerré los ojos y escuché con atención, para tratar de adivinar la presencia de alguien a quién no veía.

Nada…

Silencio…

Sólo mi respiración, que se hacía cada vez más profunda y entrecortada, acompañada por el rítmico latir del corazón, que se iba volviendo obsesivo.

Abrí los ojos y la miré lascivamente. La Chica del Espejo tenía los labios entreabiertos, las mejillas sonrojadas y comenzaba a sudar…

Entonces quise estar dentro de ella; ansiaba descubrir qué secreto guardaba en su interior la mujer que se presentaba ante mí.

Dudé apenas un instante pero al segundo siguiente dirigí mis manos hasta la parte baja de su vientre, y lentamente seguí bajando…bajé cada vez más…bajé despacio…sin prisa, pero con determinación. Deseaba saborear con mis dedos cada rincón de la suave piel que me separaba de su interior. Y me tomé todo el tiempo del mundo para acometer la hazaña.

Una vez dentro de ella todo fue como una explosión de mis sentidos, resultó algo mágico e inexplicable, tan fascinante que sentí cómo la Chica del Espejo y yo nos fundíamos en una misma persona; por primera vez me sentía en el interior de alguien en quién tenía plena confianza. Sabía de sobra que esas manos no me dañarían y me abandoné a disfrutar de cada movimiento que realizaban.

Podía oír mis propios gemidos y observar cómo mi aliento empañaba el espejo, mientras yo seguía navegando con mis dedos por el mar interior de aquella mujer, un mar que se extendía inmenso y en calma. Pero era una calma falsa y pasajera ya que a cada movimiento mío las aguas se revolvían más y más…Hasta que de pronto sucedió lo inevitable y todo desencadenó en un enorme ir y venir de olas tan intenso que todas las aguas allí contenidas tuvieron que escapar de tan minúsculo recipiente.

Entonces sentí resbalar aquel mar por la cara interna de mis muslos al compás que le imponían los rítmicos espasmos de mi interior. La sensación que me inundó ya me era conocida, si bien, nunca antes la había vivido tan intensamente.

Sin lugar a dudas aquel había sido el momento más erótico de toda mi vida y cuando apareció el olor dulzón que acompaña al sexo descubrí que la Chica del Espejo, esa que durante tanto tiempo me había sido autonegada, acababa de convertirse en el mejor de todos los amantes que tendría nunca.

Y esa Chica del Espejo no era otra sino yo.

Yo misma me había negado durante tanto tiempo que me era imposible encontrar esa parte de mí  que me faltaba en otra persona que no fuera ese reflejo.

Ya no tenía que buscar más.

Por fin encontré lo que durante toda mi vida había buscado.

Encontré esa parte de mí que me acepta y me ama tal como soy, que es capaz de disfrutar de mí misma sin necesidad de tener que buscar placer o cualquier otro sentimiento en un cuerpo que me sea extraño. Al fin y al cabo yo soy la persona que más daño puede hacerme, eso me lo enseñó el tiempo, y ahora el espejo me acaba de descubrir que también soy la persona que más me puede amar.

Miré una vez más a la Chica del Espejo y vi que aún mecía su pecho a un ritmo frenético.

Me acerqué a ella, hasta el punto de empañarla con mi respiración agitada.

Cerrando los ojos  besé sus labios dibujados en el frío espejo.

Aquel resultó el beso más cálido que, todavía hoy, puedo recordar; y sin separar apenas mis labios de los suyos musité dos palabras:

Te quiero…

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The Blower’s Daughter

A Lucía desde siempre le habían vendido la idea de que sus problemas desaparecerían al mismo ritmo que sus kilos de más, y que su felicidad crecería de forma inversamente proporcional a la circunferencia de su cintura. Pero era mentira.

Y no tardó en descubrirlo. Pasó un largo tiempo para conseguir entrar en aquella talla treinta y ocho que tanto ansiaba. Con el nuevo número marcado en sus pantalones y caminando a paso firme sobre sus tacones de aguja, pensaba que tendría a cualquier hombre a sus pies. Pero se equivocaba.

El mundo, es un sitio cruel para una chica que, a pesar de acercarse cada vez más a los treinta, sólo ha pasado por la cama de un hombre. Aquella relación no terminó muy bien, y para resarcirse, decidió volver a colgarse el cartel de disponible, menguando el tamaño de su cuerpo, que, como efecto secundario de su felicidad doméstica y cotidiana, se había estado inflando sin prisa pero sin pausa, a lo largo de casi seis años.

Aquella noche de junio salió de fiesta con algunas amigas, pero por más que lo intentaba, no conseguía sentirse agusto encerrada en locales de música machacona. Seguramente por eso solía hacer “despedidas a la francesa”, y en el momento en que la vibración interna de sus oídos le resultaba insoportable, simplemente hacía mutis por el foro y desaparecía. Odiaba sobremanera cuando intentaban convencerla de seguir en algún garito. Al fin y al cabo, pensaba, se sale para divertirse, y si uno deja de pasárselo bien, tiene todo el derecho del mundo a volverse a casa.

Así que como cualquier otro fin de semana, puso en marcha su escapada silenciosa, y cuando se encontraba a una distancia prudencial del local en cuestión envió un SMS a una de sus acompañantes.

Me marcho a casa, mañana me cuentas qué tal. Pasadlo bien. Besos

Lo justo para que no se preocuparan.

Caminaba con paso quedo hasta su coche. Apurando la última copa, que el segurata del bareto tuvo a bien verter en un vaso de cartón cuando le dio las buenas noches. En un momento dado del trayecto miró dentro del recipiente y llegó a la conclusión de que le quedaba más whisky que metros hasta su vehículo, le pareció un desperdicio deshacerse de su bebida y se sentó en un escalón a terminarla.

Hola

La sorprendió de repente una voz a su derecha.

Volvía a casa, te he visto y he sentido un flechazo. ¿Te importa si me siento?

Ella negó con la cabeza, así que el chico se sentó a su lado. El dueño de aquella voz era alto, rubio y de ojos azules. El típico hombretón de anuncio que nunca jamás sentiría ningún interés en Lucía, ella lo sabía, pero aquella noche, de repente, decidió dejarse querer por un rato.

En serio, al verte, ha sido como si algo me atravesara el pecho y he sentido la necesidad de hablar contigo. Quiero conocerte, quiero besarte, hacerte mía y despertar a tu lado cada mañana.

En este punto la chica no pudo contener una carcajada.

No te rías mujer, para que veas que te lo digo en serio voy a apuntar tu número de teléfono y te haré una llamada perdida ahora mismo para que tengas el mío. Para que no te preguntes mañana si te voy a llamar o no…porque pienso llamarte todos los días del resto de mi vida.

A ojos de Lucía, la situación se parecía cada vez más a un mal episodio de “Sexo en Nueva York”. Era plenamente consciente, o eso creía, de las intenciones del muchacho pero, no obstante, decidió seguirle el juego.

¿Cómo te llamas?

Preguntó, mientras trasteaba el móvil para apuntar el número de la chica.

Alicia

Mintió ella con descaro y seguridad, y pensó “mentir es lo más divertido que una chica puede hacer sin quitarse la ropa”, al tiempo que hacía lo propio con su teléfono.

Vente a mi casa. Hazme ese honor y déjame hacerte el amor toda la noche… Te juro que vas a ser el amor de mi vida…estas cosas sólo pasan una vez y hay que aprovecharlas.

Ella asintió, se levantó y le hizo un gesto para que le siguiera hasta su coche.

En cuanto entró en el auto empezó a besarla y a colar la mano por cada rincón que dejaba libre su ropa.

Durante el breve trayecto, él no paró de hablar de amor eterno y de prometer la luna y las estrellas para ella, como en cualquier buen telefilm de Antena3 que se precie. Lucía no mediaba palabra, simplemente se limitaba a sonreirle y a humedecer su ropa interior imaginando lo que pasaría después.

Y lo que pasó después fue breve pero intenso. El hombre no perdió el tiempo. Empujó a Lucía contra una pared nada más llegar a la vivienda, de manera que el abundante pecho de ella sentía cada gránulo de gotelé, y en el trasero disfrutaba del roce de su miembro, aún dentro del pantalón. La agarró del pelo para ladear su cabeza y dejar accesible el cuello, entonces la mordió con pasión. Todo le pareció tan racial a Lucía que se agarraba a la pared con ansia.

En menos de un minuto, entre besos y mordiscos, ya la había desnudado por completo y la llevaba en brazos al dormitorio. En ese momento ella volvió a pensar:

Mentir es lo más divertido que una chica puede hacer sin quitarse la ropa…pero es más divertido si te la quitas.

El joven le hizo el amor intensamente. Lucía perdió la cuenta de los orgasmos que él consiguió suministrarle, e incluso por un momento pensó que perdía el sentido de tanto placer que sentía. La mezcla del morbo, el alcohol y las mentiras la encendió como nunca antes, de tal manera que, por primera vez en su vida, tuvo la clara certeza de haber dejado un recuerdo húmedo. de olor dulzón y nada pequeño, de su disfrute en el colchón.

Cuando su amante vio la mancha, sonrió.

Me encanta que hayas dejado tu esencia en mi cama, ahora siempre olerá a ti. Gracias por regalarme este momento.

La besó tiernamente y se levantó dirección al baño. Ese fue justo el momento en que Lucía pensó “Se acabó la función”, se limpió con la sábana, y sin prisa, pero sin pausa, comenzó a vestirse para volver a su casa.

La sorpresa llegó cuando él volvió a la habitación completamente vestido, perfumado, peinado y engominado, mientras ella aún se estaba poniendo las medias. Y comenzó a hablar al tiempo que le iba alargando, prenda a prenda, toda su ropa.

Verás, Alicia, lo siento mucho…

Y le dio el sujetador…”Gracias”, respondió ella

…pero mi hermano me ha mandado un sms…

Le llegó el turno al jersey… “Gracias” , repitió Lucía

…y tengo que volver a la discoteca…

Después a la falda… “Gracias”, y ella sonrió al contestarle

…Al parecer ha tenido algún tipo de problema, pero es que no tengo dinero en casa…

Y por último al bolso… “Gracias”, susurró la chica sonriendo de nuevo

…¿te importa acercarme?…

Llegados a este punto, Lucía salió de la habitación en silencio, sin borrar la mueca burlona de su rostro, y consiguiendo con esto que él la siguiera.

Salieron de la vivienda, y aún en la misma puerta Lucía cogió el monedero, sacó los últimos cuatro euros que le quedaban tras la noche de juerga. Le dio un largo y húmedo beso a su acompañante y le puso las monedas en la mano, al tiempo que le decía.

Ten. Esto por el polvo y para que te cojas un taxi.

Dio media vuelta y se marchó.

Durante aquel instante, sólo se oyeron unos zapatos de tacón alejándose en la noche y un hombre llamando:

…¡Alicia!…¡Alicia!…¡Alicia!…

 

Sus Navidades

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 Prolegómenos

Desde que leí esta palabra en “Pepita Jiménez” de Juan Valera, gracias a María Elena, mi profesora de literatura, me ha fascinado, por eso tengo que usarla hoy sí o sí; para poneros un poco en situación. Ya sabéis que siempre me ha encantado escribir, y  haciendo un poco de limpieza en casa ha aparecido un relato que presenté a un concurso en el instituto. La temática era sobre cuentos navideños y yo me lo tomé muy en serio, tan en serio que decidí hacer trampa; pero una trampa moralmente hablando porque la verdad es que no me salté ninguna norma del evento. Simplemente pensé: “todo el mundo va a escribir historias ñoñas sobre lo bonitas que son las navidades, pues yo voy a escribir un cuento triste para dejar to flipao al jurado y ganar”, ya me imaginaba las caras de Mario y Eduardo de la Rosa echando alguna lagrimita con mi cuento y eso me animaba más, quería hacerlos llorar y darles un poco de sufrimiento, como venganza por las clases interminables y las tardes de deberes.

El premio tampoco era gran cosa, creo que era un vale por cinco mil pesetas, (ya ha llovido desde entonces ya…) en material escolar en la Papelería Chacón, que montaba siempre unos escaparates preciosos. También es justo decir que en mi adolescencia me interesaba más el parchís que el instituto; había días en los que mis amigas y yo quedábamos directamente a las ocho de la mañana en el Bar José Carlos, que estaba muy cerca, y pasábamos el día entero allí jugando al parchís, tenían unos enormes hechos a mano, con un gran marco y un cristal encima. Me empaché tanto de este juego de mesa que no he vuelto a jugar desde entonces. Y allí estaba yo, de piarda con mis compañeras cuando entró mi prima en el bar, que estudiaba en ese mismo centro, y dando saltos de alegría – ¡Tía que has ganado lo de los cuentos! ¡y te han estado llamando por el micrófono para recoger el premio!, todo el mundo aplaudiéndote y te lo has perdido.

Y es que toda historia tiene su morajela: Si hubiera estado donde tenía que estar, en lugar de en un bar haciendo el vago, habría recogido el premio y me habría hecho el doble de la ilusión que finalmente me hizo. Aunque en mi ego interno, sentía que no gané de forma justa.

Os lo copio textualmente, carta de presentación del cuento incluida. Quizá penséis que recién terminada la Semana Santa no es el mejor momento para leer sobre las navidades, pero al volver a leerlo y tras algunos de los últimos acontecimientos acaecidos en nuestras fronteras, creo que la época del año da igual. Me ha hecho pensar, sobre todo porque algo que escribí con doce o trece años, es un tema aún no resuelto.

Tened en cuenta que en aquel momento tampoco había Internet, así que poco o nada pude documentarme para escribirlo, si lo hubiera hecho hoy el final de la historia sería distinto, y para empezar, habría tenido en cuenta la barrera idiomática y a los servicios sociales, pero lo único que voy a modificar para vosotros son las faltas de ortografía ;-P

Presentación

Para este concurso es requisito indispensable el escribir un cuento de Navidad ¿verdad?. Bien, pues ese es el punto de las bases que me voy a pasar por alto, ¿por qué?, muy simple, porque ya estoy cansada de todos esos cuentos simplonatos e hipócritas que nos inundan cada año al llegar estas fechas. Cuentos en los que todo el mundo es bueno por el simple hecho de ser determinada temporada.

Reconozco que no he hecho un cuento de hadas ni de “espíritu navideño”; simplemente deseo dar a conocer una historia que pasa cada día, que está pasando en este preciso instante, y que, sin lugar a dudas, pasará en Navidad.

Quizá ni siquiera me clasifiquéis, o lo anularéis, pero eso no importa porque habréis llegado a conocer mi punto de vista, y mi opinión personal sobre esta fiesta que todos, incluso yo, celebramos y en la que nos acordamos de los más débiles y necesitados.

Historia

Tengo doce años, me llamo Nabir y quiero que sepáis de mí y de mi historia; y sobre todo deseo que comprendáis mi manera de sentir hacia vuestras “maravillosas navidades”. Pero, por favor, no os sintáis ofendidos; esto es lo que piensa un pobre morillo, que al fin y al cabo no os importa.

Nací en Marruecos y soy el quinto de seis hermanos, mis hermanos mayores marcharon a otros países a buscar un mejor modo de vida. Desde el día que se fueron no sabemos nada de ellos. Yo vivía con mis padres, Karim y Latifa, y con mi hermana Nahima.

No llego a recordar la vida sin tener que trabajar, primero en un sitio y después en otro; creo que cuando salí del vientre de mi madre empecé a hacer zapatillas deportivas en aquella mugrienta fábrica. Al principio era un trabajo sencillo, pero cada vez se me exigía más. Llegué a trabajar dieciocho horas diarias, y eso para un niño…es demasiado.

Mi hermana, por aquel entonces, era muy pequeña para trabajar; cuando uno tiene tres años sirve realmente para poco, sin embargo, yo, con mis diez años me sentía orgullosos de ser útil para la familia. Mi padre trabajaba conmigo y mi madre confeccionaba cestas para los turistas de la zona. De mi madre recuerdo, sobre todo, sus manos; no eran como las de las muejres españolas, sus manos eran duras y ásperas como las de cualquier hombre. Pero muy a pesar de ello, eran capaces de transmitir todo el calor y la ternura del mundo; cada noche, cuando sentía su cálida mano acariciando mi rostro, me sentía seguro, sabía que estaba en casa y que mis padres se encontraban conmigo. No estaba solo.

En mi país la familia es muy importante, mucho más que aquí, los padres son dignos de respeto y suponen un modelo a seguir. Creo que por eso cuando les perdí me sentí tan desorientado. Ocurrió muy rápido y no tuve tiempo de prometerles que me convertiría en un hombre de provecho y que cuidaría de mi hermana. Salieron una mañana y ya nunca volvieron, se desplomó la carga de un camión y quedaron aplastados; cuando me lo contaron supe que me había quedado solo y que debía encargarme de mi hermana.

Y juré por Alá que lo haría.

Continúe trabajando en aquel lugar, pero ahora no dieciocho sino veinte horas diarias. Cada par de zapatillas que terminaba suponía un nuevo trozo de pan o una fruta que mañana podríamos comer. Pero no era suficiente.

Mientras yo me encontraba fuera de casa, Nahima, pasaba la mayor parte del día sola, y  eso es algo muy arriesgado para una niña tan pequeña. Estaba constantemente preocupado por ella, podía caerse, comerse algo que no debiera, ¿y si salía de casa?, ¿y si entraban a por ella?…

Estaba en mi deber de cuidar de ella y en esta situación no podía hacer más que llevar dinero para comer, lo que no es poco, pero no suficiente. Apenas dormía dos horas, y últimamente ni siquiera eso. A los dos meses de morir mis padres una idea empezó a rondarme: si mis hermanos no habían vuelto de España era porque les había ido bien allí; de todas formas pero n ocreí que se pudiera estar. Lo tenía decidido, al día siguiente iría a buscar al hombre que les vendió los pasajes a mis hermanos.

Así lo hice. en cuanto acabé mi jornada fui a casa de Hakim para hablar con él sobre mi deseo de marchar a la península con mi hermana. Y esperaba que me hiciera un precio especial.

Llegué y lo encontré en la puerta de su casa y sin pensármelo dos veces empecé a hablar atropelladamente.

– Quiero que me vendas dos billetes para cruzar el estrecho.

– ¿Te vas con tu padre?, dile que venga él en persona.

– Mis padres murieron hace dos meses – contesté medio enfurecido – nos vamos mi hermana y yo. – Esto último hizo que Hakim comenzara a reírse dejando ver sus pocos, y ennegrecidos, dientes.

– ¿Y puedes pagar los dos? – preguntó con cierto aire de ironía – ¿y uno?, ¿podrás pagarme uno?

Aquello hirió mi orgullo. No podía dejar que una rata como él se riera de mí y me tomara como tonto.

– ¿Cuánto me pides por cada uno? – recé esperando una respuesta.

– Mil quinientos dirharms.

– ¿cuándo tengo que traerlos?

– La patera sale en dos días a las cinco de la tarde, para llegar de noche. Allí acaba el plazo.

– Hasta dentro de dos días.

Volví a casa y comencé a llorar, ¿de dónde iba a sacar tanto dinero? si yo tan sólo conseguía dos dirharms al mes. Era demasiado dinero, pero tenía que lograrlo. Y entonces me acordé, mi padre guardaba una caja de emergencia en la que metía algo todos los meses. Puse la casa patas arriba, deshice camas, descolgué los pocos armarios de la cocina, miré en los lugares más recónditos hasta que caí en la cuenta; desde siempre hubo una losa, en la habitación de mis padres, que al pisarla, sonaba hueco. Salí disparado, levanté el azulejo y allí estaba, una de aquellas malditas cajas de zapatillas deportivas. La abrí ansiosamente y bajo la mirada curiosa de Nahima, que no llegaba a comprender lo que su hermano estaba haciendo, y aparecieron unos billetes arrugados. ¡ Mis problemas habían llegado a su fin!

– ¡Nos vamos, Nahima!,¡nos vamos!- dije saltando de alegría.

Pero una vez me hube tranquilizado, mi gozo tocó a su fin. Comencé a contar el producto de los ahorros de mi padre, y la suma tan sólo ascendía a doscientos dirhams, que sumados a lo poco que yo podía poner daba un total de doscientos seis.

Pasaron los dos días y preparé una bolsa, donde metí ropa para mi hermana y algo de fruta; supuse que en viaje pasaríamos frío así que cogí una vieja y decolorida manta que perteneció a mi abuela y cuidé de ponernos ropa de abrigo. Aunque Hakim era un buen hombre, y buen amigo de mi padre, yo tenía mis dudas sobre si nos dejaría viajar sin pagarle por completo, así que ideé un plan.

– Mira, pequeña – dije a mi hermana – hoy nos vamos de viaje ¿tú quieres viajar?

– ¿Dónde vamos, Nabir?

– Vamos a buscar a los hermanos, ¿tú quieres buscar a los hermanos? – ella asintió con la cabeza – donde ellos están vamos a poder comer muchas cosas buenas, y no vamos a pasar frío, y tendrás una cama para ti solita. Pero me tienes que ayudar ¿quieres ayudarme?

– Si, porque yo quiero ver a los hermanos.

Cuando llegamos al lugar convenido vi a Hakim con una pequeña embarcación, donde estaban subiendo un hombre y dos mujeres.

– Ya pensaba que no vendrías.

– Pues ya ves, aquí me tienes.

– Ya veo, ya – dijo mirándome con curiosidad – ¿Traes el dinero?

– Aquí está.

Contó el dinero, nos observó, y con la cabeza hizo un gesto para que subiéramos, y yo dí gracias a Alá, porque si existe nos ayudó y estaba de nuestra parte. Nunca olvidaré lo nervioso que estaba, ni lo inseguro de que mi hermana no supiera hacerse pasar por enferma. Pero no hizo falta nada de eso. Supongo que le dimos pena.

Subimos a la patera y nos acurrucamos. Del viaje recuerdo poca cosa, tan sólo mucho frío y mucha agua, la pequeña pasó la mayor parte del tiempo durmiendo y yo la despertaba de vez en cuando para asegurarme de que estaba bien. Llegamos a tierra firme y comenzamos a andar hacia unas luces, ,supuse que pertenecían a alguna ciudad y supuse bien.

Aquello fue impresionante, por las calles había unas enormes luces con formas de racimos de uvas, botas rojas, ciervos… Todas las calles se encontraban iluminadas con enormes dibujos.

– Estoy cansado, ¿qué te parece si buscamos un sitio para dormir?

– Vale, oye Nabir, ¿cuándo vamos a ver a los hermanos?

– Mañana los buscaremos, te lo prometo.

Seguimos caminando hasta encontrar un viejo puente, donde encendí un pequeño fuego para calentarnos y poder resguardarnos de la lluvia. Pasé toda la noche pensando en lo que podrían significar todas aquellas luces de colores que colgaban por las calles; pero no sabía que al día siguiente obtendría la respuesta.

Llegó la mañana y cuando desperté vi a mi hermana hablando con una mujer, y me asusté.

– No hables con extraños, ¡vámonos!

– No es extraña, se llama Lucía y nos ha traído leche caliente, mira.

Aquello me asombró bastante, pero no pude dejar de agradecerlo, aunque mi orgullo quedase herido con ello.

– Gracias, pero ¿por qué lo ha hecho?

– Verás – contestó mientras me servía una taza – es el día de Navidad, y bueno, ya sabes, en estas fechas ocurren milagros.

– ¿qué significa Navidad? – pregunté con gran curiosidad.

– Navidad significa que Jesús, el dios de los cristianos, mi dios, ha nacido. Se ha hecho hombre para cargar con los pecados de todos nosotros. Y con el nacimiento todos nos volvemos más…más buenos y compasivos con los demás.

El recibir aquella noticia me llenó de alegría, ahora sabía porqué mis hermanos no habían vuelto a casa; ellos también descubrieron el nacimiento del dios cristiano y gracias a ello podían vivir felizmente y sin que nada les faltase. Realmente fue la época más dichosa de mi vida, lo teníamos todo; había quién traía mantas, comida, bebida, ropa, incluso hubo quién trajo una muñeca a mi hermana. Era maravilloso, ojalá hubiera venido antes a la península. Durante aquellos días tan dichosos lo único que llegaba a extrañar era la cálida mano de mi madre acariciando mi cara cada noche.

Pasó el tiempo, y un día, sin saber por qué, no vino nadie. No hubo ni leche caliente, ni pan recién hecho, ni nada. Yo dejé a mi hermana allí y salí a buscar a alguien que me explicara lo que ocurría, ya que yo no lo entendía. Vi a una mujer y me acerqué a preguntarle.

– Señora, ¿qué ha pasado con su dios?, ¿ha muerto?, ¿por qué ya nadie canta en las calles?

– No, no ha muerto, pequeño – contestó la mujer medio riéndose de mí – ya no se cantan villancicos porque la navidad ha terminado.

Entonces lo entendí, yo no tenía nada que hacer en aquel lugar. Recogí a mi hermana y pregunté para llegar a la comisaría de policía, entonces mi único pensamiento era volver a mi casa y a mi trabajo, porque en Marruecos por lo menos tenía un trabajo con que dar de comer a Nahima.

Llegué a aquel enorme edificio gris y me llevaron a una habitación donde había un hombre, muy gordo y muy serio, sentado detrás de una enorme mesa.

– Bien, dime qué te pasa.

– Nada, soy de Marruecos y quiero volver a mi casa. – Al llegar a este punto no pude contener las lágrimas.

– No llores, hermano.

– Quiero volver a casa, por favor. Vine en una patera y quiero volver a mi casa.

– Está bien, está bien – dijo tendiéndome un pañuelo de papel – te devolveremos a tu casa, pero no llores – me miró y soltó un suspiro – se ve que las navidades no te han tratado muy bien ¿eh?¿los reyes magos te han traído carbón?

– Perdone, pero yo no creo en sus navidades.

– ¿ por qué?, si las navidades son unas fechas muy especiales.

– Porque sus navidades no son más que un invento, de la gente como usted, y de los cristianos que necesitan un pretexto para ser buenos y compasivos con los demás, durante unos días al año, y así calmar sus conciencias.

Foto: www.periodistadigital.com

Remordimiento

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La puerta se abrió violentamente, entró y echó un vistazo. Todo normal hasta dónde recordaba; la vieja alfombra seguía en su sitio, como cuando él jugaba, y el reloj continuaba funcionando.

Sintió el corazón en la garganta y comenzó a correr; debía llegar a la habitación antes que fuera demasiado tarde. Cruzó el inmenso salón, donde hacía meses que no entraba, siguió por un pasillo interminable y al fin llegó a la escalera. Tenía treinta escalones. Treinta escalones que le separaban de la verdad. Al tiempo que subía los peldaños vagas imágenes iban apareciendo por su cabeza; recuerdos de una vida lejana y feliz donde no se preocupaba por nada ya que nada le hacía falta. En aquellos días subía y bajaba la escalinata como una exhalación, todo era risa y jolgorio pero ahora el miedo comenzó a helar sus miembros y sus movimientos se hacían más torpes y pesados.

Al fin llegó arriba. Respiró profundamente y escuchó como su atemorizado corazón se resistía a seguir en el pecho e intentaba abrirse paso por la faringe.

Reanudó la marcha, al fondo frente a él aparecía la habitación ansiada.

La puerta estaba entreabierta y había una mancha roja en el suelo. Se acercó temblando y tocó el líquido viscoso que empezaba a coagularse. No había lugar a dudas: era sangre.

Por fin se enfrentó a sus miedos, abrió la puerta y entró en la estancia. Una vez dentro su estómago no pudo contener la impresión y rechazó el desayuno, que fue a parar justo encima de una sábana tirada en el suelo.

Paseó la mirada por el dantesco escenario y comenzó a buscar desesperadamente entre la sangre, el desorden y las vísceras. Levantó papeles, trapos, fotos, sábanas, sillas e incluso el enorme espejo de tocador que yacía en el suelo; y justo debajo de él apareció algo que pudo reconocer.

Su mano.

Tan sólo su mano, morada, fría, rígida y sola…pues tras la muñeca no había nada.

Esa visión terminó de destrozarle, la tomó temblando, y, sentado en la cama comenzó a acariciarla. Sus manos eran las más bellas que nunca había conocido ni conociera, eran blancas como la nieve, suaves como la seda y con unos dedos delgados e interminables que ahora lucían hinchados y negruzcos…¿cómo podía haberlo hecho?¿cómo llegó hasta ese punto?…

Salió de la habitación, bajó las escaleras y se sentó en el enorme sillón de terciopelo. Se sirvió una copa y con el miembro entre sus manos, se obligó a recordar la noche anterior.

Recordaba el anónimo recibido en su oficina en el que le comunicaban que ella había empezado a verse con otro hombre, indicando un lugar y una hora donde podría comprobarlo. Al principio no le dio credibilidad, al fin y al cabo se estaban dando un tiempo y ya todo apuntaba a que superarían la crisis que estaban pasando. Pero, aún así, conforme se acercaba el momento las dudas le asaltaban y recordaba pequeños detalles que le hacían dudar de ella. La amaba tanto…Y al fin, movido por sus dudas acudió a comprobarlo.

La vio con otro hombre, riendo, pasándolo en grande y besándolo con una pasión ya olvidada entre ellos dos. Volvió a casa y comenzó a beber.

Hasta ahí lo recordaba todo con nitidez, al igual que cuando la llamó para cenar juntos.

En adelante todo estaba oscuro en su cabeza…podía recordar una visión suya al recogerla… llevaba aquel imponente vestido rojo…otra imagen cenando en Marco’s…un inmejorable vino blanco…¡y ostras! A ella le encantaban las ostras…A la vuelta en el coche, él paró en casa de sus padres, dónde hacía algunos meses ella había instalado su residencia, le invitó a subir e hicieron el amor intensamente, como nunca antes lo habían hecho, como si hubieran sabido con antelación que ésta sería la última vez que lo harían…Y tras eso…

Nada.

Tan sólo…¡sí! Ellos en la, ahora ensangrentada habitación, acariciándose y besándose. Lo último que recordaba era que ella lloraba arrodillada a sus pies mientras él la abofeteaba. Después él despertó en su casa, vestido, con las manos manchadas de sangre y barro en los zapatos.

Bebió otro sorbo de su vaso y empezó a temblar de miedo ¿habría sido él?…esa idea le martirizaba, miró la mano inmóvil, comenzó a acariciarla y a pasear el envés por su mejilla, entonces, por primera vez desde hacía mucho tiempo derramó una lágrima.

Se levantó y cogió la 38 milímetros que guardaba en el cajón del bureau, intentó cargarla pero ya lo estaba – Extraño – pensó – suelo guardarla descargada.

Pero era una nimiedad y no merecía la pena preocuparse por ello. Terminada la copa se sirvió otra y disfrutó de ella con paciencia. El recuerdo de su mujer le taladraba el cerebro y una sola palabra resonaba en su cabeza: A S E S I N O

Miró una vez más la mano y no pudo contener la rabia: la lanzó contra una pared, metió el cañón del arma en su boca y disparó.

Silencio.

Tan sólo eso se oía en la casa.,

Silencio.

Pasado un tiempo prudencial sonaron unos tacones sobre el parquet, probablemente de aguja, bajando las escaleras y se pudo diferenciar la imagen de un imponente vestido rojo sobre el espejo del salón. Se oyó el inconfundible sonido de un antiguo teléfono de disco al marcar. Tras eso la sibilina voz de una mujer.

– Si, todo bien, ya podemos irnos tranquilos – comenzó a reírse mientras miraba el cuerpo inerte con desprecio – Ven y ayúdame a limpiar.

Foto:http://es.wikipedia.org/