Archivo de la etiqueta: medicina

Conchi

Su padre fue zapatero y ella adoraba a Manolo García, así que eso hizo la combinación perfecta para convertir esta canción en su favorita. Tanto adoraba al cantante que aún en época de quimioterapia, y en secreto, se escapó con una amiga para acudir a un concierto con su pañuelo en la cabeza. Conchi era así…pero empezaré por el principio.

Ayer hablando con mi madre, me contó algo que me ha tenido pensando desde entonces. De hecho hoy pensaba publicar algo sobre el asesinato de Isabel Carrasco, pero tengo que dejarlo para mañana.

La preñati tiene cáncer de mama. Está con quimioterapia y todo. No tenía ningún síntoma.

¿Entonces? – le pregunté – ¿cómo se ha enterado?

Ha ido a revisión porque llevaba varios días soñando con Conchi. Dice que en los sueños le insistía en que fuera al médico a mirarse el pecho.

Y ahora no puedo dejar de pensar en ella…

Mi madre dejó el colegio con once años, porque tras la muerte o el robo, imagino que nunca lo sabremos, de un bebé a mi abuela, ésta calló en una profunda depresión. Desde entonces mi madre se ganó la vida cosiendo, primero en talleres pequeños y posteriormente para alguna gran firma. Después de mi nacimiento ella dejó de trabajar y se dedicó a “sus labores”, hasta que le volvió a picar el gusanillo de ponerse delante de una máquina como años atrás.

Así conocimos a Conchi. Junto con José Mari, regentaban un pequeño taller en la barriada de mi abuela. Él se dedicaba al patronaje, diseño de los nuevos modelos y corte de las piezas; mientras que ella distribuía el trabajo entre las distintas mujeres que allí trabajaban. La preñati era una de ellas.

En esa época descubrí lo que era una remalladora, una máquina plana, e incluso una recubridora. Aunque durante toda mi vida había visto a mi madre coser, fue entonces cuando me picó el gusanillo y aprendí a hacerlo, más o menos de verdad, y digo esto porque aún hoy día ante el:

Mira mamá que falda lápiz más bonita me he hecho. Estoy super orgullosa, me queda divina!

Recibo como respuesta:

La próxima vez recuerda que primero tienes que coger el dobladillo y después cierras la rajita de detrás, para que no se te vea esto tan feo.

Descorazonador. Pero sé que lo hace desde el cariño, y que la sutileza no es de sus puntos más fuertes.

La vida, a veces, crea casualidades, o parece que tuviera algún tipo de plan pretrazado, porque resultó que Conchi había coincidido en un trabajo con mi madre y José Mari, estudió en el mismo instituto que mi padre, siendo además un gran organizador de guateques a los que, al parecer, y no podía ser de otro modo, mi padre era un asiduo.

Así que, como te puedes imaginar no fue difícil que la relación se estrechara en poco tiempo y entraran a formar parte de nuestra familia. De esa familia que no te toca al azar, sino de la que se elige con plena consciencia. De esa familia con la que no compartes lazos de sangre, sino lazos mucho más fuertes.

No era extraño que vinieran a casa a cenar cualquier día de la semana, incluso sin avisar, ni compartir cosas tan cotidianas como ir juntos al mercadillo o a algún mercado municipal para comprar pescado.

Ellos no eran pareja. Aunque algún affair tuvieron tiempo atrás. Y sus vidas diarias estaban formadas por una suerte de triángulo equilatero, de apenas unos cincuenta metros de perímetro, en el que los vértices, eran la casa de él, la casa de ella y el taller de confección. Este último, el taller, también se convirtió en un punto importante en nuestras vidas, empezando porque todas las reparaciones eléctricas  que hicieran falta allí las hacía mi padre, y pasando por el hecho de que si mi hermana o yo necesitábamos un vestido José Mari y Conchi se ponían manos a la obra y en la misma mañana lo tenías listo y te lo llevabas a casa. Incluso si querías podían coserte alguna etiqueta de las tiendas que les compraban las prendas para que pudieras decir que tenías un modelo exclusivo de alguna firma. Aún guardo el vestido que hicieron para mi graduación en el instituto, y a mi hermana, que estudió flamenco en el Conservatorio, le confeccionaron una impresionante bata de cola.

Entonces llegó el cáncer.

Todo empezó cuando ella notó que se le hinchó uno de los pechos, tanto que apenas podía mover el brazo. Fue al médico y le diagnosticaron una mastitis, motivo por el cual no le dio la mayor importancia, aunque el dolor continuaba y la hinchazón también.

Finalmente decidieron operarla para quitarle el “bultito” y que pudiera seguir con su vida normal y sin dolores. Pero cuando estaba en la mesa de operaciones, los cirujanos no tuvieron más remedio que realizarle una mastectomía. Nos llamaron a casa y resultó un drama, recuerdo que estaba en la cocina con mi madre y no podíamos dejar de llorar.

Es curioso que, aunque pueda salvarte la vida, a una mujer nos resulte tan doloroso el perder un pecho.

Eso sí. Los médicos dejaron el hueco por si ella más adelante decidía hacerse una reconstrucción. Y empezó la quimio.

Al principio se negaba al hecho de perder el pelo. Pero contaba que sufría unos dolores terribles cada vez que algo rozaba uno de sus cabellos y le explicaron que era a causa del tratamiento. Decía no poder apoyar la cabeza en la almohada para dormir. Y pensó que si lo tenía más corto le dolería menos. Fue a la peluquería y pidió que le pasaran la maquinilla al uno, y narraba que por más cuidado que ponía la peluquera, el dolor fue enorme y que a pesar de aquel martirio, continuaba sin poder dormir a causa de los dolores.

Mi hermana y yo nos hicimos con dos pañuelos preciosos, uno rosa y otro color turquesa. Eran de colores vivos intencionadamente además buscamos unos que fueran suaves al tacto. Y el siguiente domingo, después del fantástico arroz con leche que hacía José Mari, se los dimos y le pregunté si me dejaba intentar afeitarle la cabeza. Le prometí no hacerle daño y poner todo el cuidado del mundo, asintió tímidamente con la cabeza y tras poner carita de pena nos fuimos las tres al baño.

Junto con mi hermana, intentamos poner todo el humor posible a aquella situación, tirándonos espuma de afeitar entre nosotras, contando chistes y haciéndonos cosquillas, de forma que se convirtió en algo menos duro para ella, o eso queríamos pensar nosotras. Ahí estábamos las tres en el baño liadas con la espuma, la cuchilla y las risas. Sin contar con el enorme lío que nos hicimos al intentar colocarle el pañuelo, porque hoy día es muy fácil, te miras un tutorial en youtube y listo, pero hace como diez o doce años yo no tenía ni ordenador en casa. En fin, salió del baño con su pañuelo rosa en la cabeza, con más o menos gracia, y el resto de la familia la recibió en el salón entre aplausos y gritos de “Guapa”.

Tiempo después se compró una peluca fantástica, iba más arreglada con aquella peluca que con su pelo natural, y estaba guapísima con ella. Aunque no terminaba de acomodarse y se la quitaba a la menor oportunidad.

Conchi siempre fue una mujer fuerte y luchadora, de hecho, la historia completa de su marcha es una historia de lucha y fuerza. Superó la quimio, siempre sonriendo, y estuvo cinco años limpia.

Después volvió a encontrase mal y volvieron a diagnosticarla erróneamente. Tuvo la mala suerte de enfermar en las vacaciones de su oncóloga, y la doctora que la atendió le dijo que tenía neumonía y por eso le costaba respirar. Pero se equivocó. El cáncer había afectado al pulmón. Cuando empezó de nuevo con la quimio había perdido casi totalmente su capacidad pulmonar.

La última vez que le afeité la cabeza no pudo llegar desde su cama al baño sin perder el aliento, y fue incapaz de llevar la silla en la que se sentó. Aún así, ella se aferraba a la vida con todas sus fuerzas y con buen humor.

Le encantaba jugar al parchís y cuando perdía se enfadaba tanto, que en ocasiones le terminaba tirando “la teta de goma” (como ella la llamaba) a mi padre. Decía que pesaba mucho y en cuanto llegaba a casa ponía la teta encima de la mesa, o se la tiraba a alguien a la cabeza, aquello siempre me resultó cómico.

Mi hermana llegó a llamarla “la rubia más peligrosa del parchís”.

Conchi seguía enamorada de José Mari y, aunque el sentimiento no era mutuo, él adoptó el papel de sherpa. Le hacía la compra, la comida, la bañaba, le hacía compañía cada minuto y se encargaba de toda sus necesidades. Cerraron el taller y él trabajaba de conserje en una comunidad; en sus dos horas de descanso para comer, cogía el coche, conducía unos veinte kilómetros hasta casa de Conchi, le preparaba la comida y volvía al trabajo.

Desde luego él no sentía amor romántico por ella, pero existen muchos tipos de amor, y el que él le profería era quizá de los más grandes y fuertes que existen.

Mi madre la acompañaba a sus sesiones de quimio, ante la perspectiva de que a veces tenía que ir sola, y también pasó alguna noche que otra con ella en el hospital. Mi hermana y yo ayudábamos en lo que podíamos.

Los últimos días fueron los más duros. Tan sólo fueron ocho días, pero resultaron una auténtica angustia. Como decía más arriba, las personas con las que compartes lazos de sangre, tu supuesta familia, no es siempre tu familia real, y ves situaciones ante las que no puedes hacer nada. Yo conocía a Conchi, sabía que era una mujer fuerte y luchadora, sabía que ella conocía el hecho de que se marchaba, era plenamente consciente de ello, hasta el punto de solicitar la visita de un notario para dejar constancia de sus últimas voluntades. No entenderé nunca porqué la familia tomó la decisión de sedarla en sus últimos dos días sin consultar con ella. Conchi no habría querido irse así.

Durante esos ocho días recé más que nunca en mi vida; y siempre pedía lo mismo. Ante lo inevitable de la situación yo le pedía a Dios que ella se marchara en paz, que no dejara nada pendiente.

Y, si exsite Dios, creo que me escuchó.

El día antes de marcharse, estando José Mari en la habitación con ella, se despertó de la sedación; se sentó en la cama y le abrazó fuerte mientras le daba las gracias por haber cuidado de ella. Volvió a decirle que siempre había estado enamorada de él y se durmió de nuevo. Esta vez para siempre.

Y se marchó.

Ahora descansa a los pies de una higuera, en un campo al que solíamos ir los domingos. Allí fue donde pusimos sus cenizas mientras sonaba su amado Manolo García y leímos una carta que dejó escrita a modo de despedida.

Conchi fue la persona más fuerte que he conocido en mi vida. En casa nos seguimos acordando mucho de ella. Aún doce años después, una foto suya sigue presindiendo la cómoda de mi madre y, después de la conversación de ayer, puedo decir con certeza que los ángeles existen.