La ventana

Me ha costado más de un año escribir esto. En realidad lleva mucho tiempo escrito en mi cabeza, pero creo que mi corazón se negaba a sacarlo al exterior y compartirlo con el mundo. En un ejercicio de postergación infinita alimentado por el dolor, el egoísmo y ese terror que todos sentimos al expresar con total sinceridad, y a pecho abierto nuestros sentimientos.

Pero hoy he dicho basta. Hoy me armo de valor y voy a contaros la historia de una ventana.

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Durante toda mi vida siempre hubo una ventana en Málaga que estaba abierta para mí. Y hace poco más de un año se cerró para siempre.

Como la mayoría de las cosas en la vida, mi ventana también tenía dos lados; como los dos lados de una moneda y como las dos caras de un espejo pero, que como la canción de Mecano, para mí era un cuadro de bifrontismo que solo da una faz.

Tras esa ventana vivía un hombre pelirrojo de cabello plateado con quién tenía una relación especial.

¿Te ha pasado alguna vez mirar a alguien y saber con total certeza que el amor que le profesas te es correspondido al 120%?… ¿has visto alguna vez a alguien emocionarse con solo mirarte?… ¿cuántas personas de tu entorno crees que estarán a tu lado incondicionalmente?…¿de cuántas puedes asegurar sin titubear que te aman de verdad?… Y hablo de AMOR, sí, AMOR así con mayúsculas, de ese que dura toda la vida y no hace falta gritarlo a los cuatro vientos porque los implicados ya saben que está ahí, que es real y que no se gastará con el paso de los años.

Podría contar mil historias…cómo con seis años este hombre abrochó mi cinturón de segurirad en el asiento de un avión y, después de enseñarme la cabina y presentarme a los pilotos me dio un beso y me despidió con un “tú no te separes de esta señorita”. Y también podría contar cómo, al igual que en cualquier comedia romántica, él estaba a pie de pista esperándome a la vuelta. Incluso hay historias sencillas y propias de cualquier novela costumbrista. Desde que tuve edad para arrlegar mis papeles sola, la mayoría de las veces no lo hacía sola, sino que él venía conmigo. Me encantaba pasear por Málaga junto a él y escuchar sus historias: de la guerra, de la semana santa, de los edificios, de cómo ha cambiado la ciudad con el paso de los años, sus anécdotas de cuando trabajaba en Deportes Zulaica, y mil historias más… Tomar café en El Central, o en el Café Madrid con churritos…

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Él me enseñó a amar mi ciudad y lo hizo muy bien.

Y diréis ¿y qué tiene que ver la ventana en todo esto?. Cuando vas creciendo y adquiriendo nuevas obligaciones, vivimos tan deprisa que apenas tenemos tiempo para dedicar a las cosas importantes. Del trabajo a casa y de casa al trabajo. Sin pararnos a pensar en las cosas que damos por sentadas o dejamos para mañana.

Y ahí entra en juego la ventana.

Cada vez que pasaba por delante de esta casa pensaba “voy a llegarme a verle aunque sea por la ventana”, y ¡ojo si no lo hacía!, si se enteraba que había estado por la zona y no había pasado por la ventana no se cortaba en recriminarme: “¡Si es que no te cuesta nada asomarte aunque sea un minutillo por la ventana y que te vea!”

Y así era.

Evidentemente no todo el contacto era por la ventana, pero por lo menos tenía que ser por la ventana. No sé muy bien si entendéis lo que quiero decir. Así que con el paso de los años se fueron acumulando momentos vividos en torno a esa ventana. Supongo que uno de los más graciosos fue el hecho de confirmarle el borrador de la declaración de Hacienda por la ventana. Ese acto sirvió de precedente para que todos los años el primer día de la campaña de la Renta me dijera “a ver si me haces la declaración prontito que no te cuesta nada. ¡Que hasta me la hiciste por la ventana!”, o cómo para una boda me acerqué a la ventana a que él terminara de subirme la cremallera de un vestido; pensé que así mataba dos pájaros de un tiro, me subía la cremallera y él veía lo guapísima que me había puesto. Durante mi vuelta al instituto, ya de adulta, recogía el tupper con la comida a través de la ventana y me marchaba corriendo al trabajo. Aunque no fuera a comerme la comida del tupper tenía que pasar a recogerlo porque sino la preocupación hacía que mi ausencia saliera en los periódicos. ¿Lo entiendes ahora?

Esa ventana siempre siempre estaba abierta para mí. Y siempre encontraba tras de ella una sonrisa desdentada y sincera plagada de amor.

Pero el tiempo pasa, y pasa por todos. Da igual lo mucho que ames a alguien. El tiempo es implacable, desgarrador y a mí me cerró una ventana.

vetana

Más de un año después sigo pasando por ahí, aunque ahora el pensamiento siempre es el mismo “esa ventana se cerró para mí” y mi mundo ya no es el mismo sin ella.

 

papi

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