Sus Navidades

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 Prolegómenos

Desde que leí esta palabra en “Pepita Jiménez” de Juan Valera, gracias a María Elena, mi profesora de literatura, me ha fascinado, por eso tengo que usarla hoy sí o sí; para poneros un poco en situación. Ya sabéis que siempre me ha encantado escribir, y  haciendo un poco de limpieza en casa ha aparecido un relato que presenté a un concurso en el instituto. La temática era sobre cuentos navideños y yo me lo tomé muy en serio, tan en serio que decidí hacer trampa; pero una trampa moralmente hablando porque la verdad es que no me salté ninguna norma del evento. Simplemente pensé: “todo el mundo va a escribir historias ñoñas sobre lo bonitas que son las navidades, pues yo voy a escribir un cuento triste para dejar to flipao al jurado y ganar”, ya me imaginaba las caras de Mario y Eduardo de la Rosa echando alguna lagrimita con mi cuento y eso me animaba más, quería hacerlos llorar y darles un poco de sufrimiento, como venganza por las clases interminables y las tardes de deberes.

El premio tampoco era gran cosa, creo que era un vale por cinco mil pesetas, (ya ha llovido desde entonces ya…) en material escolar en la Papelería Chacón, que montaba siempre unos escaparates preciosos. También es justo decir que en mi adolescencia me interesaba más el parchís que el instituto; había días en los que mis amigas y yo quedábamos directamente a las ocho de la mañana en el Bar José Carlos, que estaba muy cerca, y pasábamos el día entero allí jugando al parchís, tenían unos enormes hechos a mano, con un gran marco y un cristal encima. Me empaché tanto de este juego de mesa que no he vuelto a jugar desde entonces. Y allí estaba yo, de piarda con mis compañeras cuando entró mi prima en el bar, que estudiaba en ese mismo centro, y dando saltos de alegría – ¡Tía que has ganado lo de los cuentos! ¡y te han estado llamando por el micrófono para recoger el premio!, todo el mundo aplaudiéndote y te lo has perdido.

Y es que toda historia tiene su morajela: Si hubiera estado donde tenía que estar, en lugar de en un bar haciendo el vago, habría recogido el premio y me habría hecho el doble de la ilusión que finalmente me hizo. Aunque en mi ego interno, sentía que no gané de forma justa.

Os lo copio textualmente, carta de presentación del cuento incluida. Quizá penséis que recién terminada la Semana Santa no es el mejor momento para leer sobre las navidades, pero al volver a leerlo y tras algunos de los últimos acontecimientos acaecidos en nuestras fronteras, creo que la época del año da igual. Me ha hecho pensar, sobre todo porque algo que escribí con doce o trece años, es un tema aún no resuelto.

Tened en cuenta que en aquel momento tampoco había Internet, así que poco o nada pude documentarme para escribirlo, si lo hubiera hecho hoy el final de la historia sería distinto, y para empezar, habría tenido en cuenta la barrera idiomática y a los servicios sociales, pero lo único que voy a modificar para vosotros son las faltas de ortografía ;-P

Presentación

Para este concurso es requisito indispensable el escribir un cuento de Navidad ¿verdad?. Bien, pues ese es el punto de las bases que me voy a pasar por alto, ¿por qué?, muy simple, porque ya estoy cansada de todos esos cuentos simplonatos e hipócritas que nos inundan cada año al llegar estas fechas. Cuentos en los que todo el mundo es bueno por el simple hecho de ser determinada temporada.

Reconozco que no he hecho un cuento de hadas ni de “espíritu navideño”; simplemente deseo dar a conocer una historia que pasa cada día, que está pasando en este preciso instante, y que, sin lugar a dudas, pasará en Navidad.

Quizá ni siquiera me clasifiquéis, o lo anularéis, pero eso no importa porque habréis llegado a conocer mi punto de vista, y mi opinión personal sobre esta fiesta que todos, incluso yo, celebramos y en la que nos acordamos de los más débiles y necesitados.

Historia

Tengo doce años, me llamo Nabir y quiero que sepáis de mí y de mi historia; y sobre todo deseo que comprendáis mi manera de sentir hacia vuestras “maravillosas navidades”. Pero, por favor, no os sintáis ofendidos; esto es lo que piensa un pobre morillo, que al fin y al cabo no os importa.

Nací en Marruecos y soy el quinto de seis hermanos, mis hermanos mayores marcharon a otros países a buscar un mejor modo de vida. Desde el día que se fueron no sabemos nada de ellos. Yo vivía con mis padres, Karim y Latifa, y con mi hermana Nahima.

No llego a recordar la vida sin tener que trabajar, primero en un sitio y después en otro; creo que cuando salí del vientre de mi madre empecé a hacer zapatillas deportivas en aquella mugrienta fábrica. Al principio era un trabajo sencillo, pero cada vez se me exigía más. Llegué a trabajar dieciocho horas diarias, y eso para un niño…es demasiado.

Mi hermana, por aquel entonces, era muy pequeña para trabajar; cuando uno tiene tres años sirve realmente para poco, sin embargo, yo, con mis diez años me sentía orgullosos de ser útil para la familia. Mi padre trabajaba conmigo y mi madre confeccionaba cestas para los turistas de la zona. De mi madre recuerdo, sobre todo, sus manos; no eran como las de las muejres españolas, sus manos eran duras y ásperas como las de cualquier hombre. Pero muy a pesar de ello, eran capaces de transmitir todo el calor y la ternura del mundo; cada noche, cuando sentía su cálida mano acariciando mi rostro, me sentía seguro, sabía que estaba en casa y que mis padres se encontraban conmigo. No estaba solo.

En mi país la familia es muy importante, mucho más que aquí, los padres son dignos de respeto y suponen un modelo a seguir. Creo que por eso cuando les perdí me sentí tan desorientado. Ocurrió muy rápido y no tuve tiempo de prometerles que me convertiría en un hombre de provecho y que cuidaría de mi hermana. Salieron una mañana y ya nunca volvieron, se desplomó la carga de un camión y quedaron aplastados; cuando me lo contaron supe que me había quedado solo y que debía encargarme de mi hermana.

Y juré por Alá que lo haría.

Continúe trabajando en aquel lugar, pero ahora no dieciocho sino veinte horas diarias. Cada par de zapatillas que terminaba suponía un nuevo trozo de pan o una fruta que mañana podríamos comer. Pero no era suficiente.

Mientras yo me encontraba fuera de casa, Nahima, pasaba la mayor parte del día sola, y  eso es algo muy arriesgado para una niña tan pequeña. Estaba constantemente preocupado por ella, podía caerse, comerse algo que no debiera, ¿y si salía de casa?, ¿y si entraban a por ella?…

Estaba en mi deber de cuidar de ella y en esta situación no podía hacer más que llevar dinero para comer, lo que no es poco, pero no suficiente. Apenas dormía dos horas, y últimamente ni siquiera eso. A los dos meses de morir mis padres una idea empezó a rondarme: si mis hermanos no habían vuelto de España era porque les había ido bien allí; de todas formas pero n ocreí que se pudiera estar. Lo tenía decidido, al día siguiente iría a buscar al hombre que les vendió los pasajes a mis hermanos.

Así lo hice. en cuanto acabé mi jornada fui a casa de Hakim para hablar con él sobre mi deseo de marchar a la península con mi hermana. Y esperaba que me hiciera un precio especial.

Llegué y lo encontré en la puerta de su casa y sin pensármelo dos veces empecé a hablar atropelladamente.

– Quiero que me vendas dos billetes para cruzar el estrecho.

– ¿Te vas con tu padre?, dile que venga él en persona.

– Mis padres murieron hace dos meses – contesté medio enfurecido – nos vamos mi hermana y yo. – Esto último hizo que Hakim comenzara a reírse dejando ver sus pocos, y ennegrecidos, dientes.

– ¿Y puedes pagar los dos? – preguntó con cierto aire de ironía – ¿y uno?, ¿podrás pagarme uno?

Aquello hirió mi orgullo. No podía dejar que una rata como él se riera de mí y me tomara como tonto.

– ¿Cuánto me pides por cada uno? – recé esperando una respuesta.

– Mil quinientos dirharms.

– ¿cuándo tengo que traerlos?

– La patera sale en dos días a las cinco de la tarde, para llegar de noche. Allí acaba el plazo.

– Hasta dentro de dos días.

Volví a casa y comencé a llorar, ¿de dónde iba a sacar tanto dinero? si yo tan sólo conseguía dos dirharms al mes. Era demasiado dinero, pero tenía que lograrlo. Y entonces me acordé, mi padre guardaba una caja de emergencia en la que metía algo todos los meses. Puse la casa patas arriba, deshice camas, descolgué los pocos armarios de la cocina, miré en los lugares más recónditos hasta que caí en la cuenta; desde siempre hubo una losa, en la habitación de mis padres, que al pisarla, sonaba hueco. Salí disparado, levanté el azulejo y allí estaba, una de aquellas malditas cajas de zapatillas deportivas. La abrí ansiosamente y bajo la mirada curiosa de Nahima, que no llegaba a comprender lo que su hermano estaba haciendo, y aparecieron unos billetes arrugados. ¡ Mis problemas habían llegado a su fin!

– ¡Nos vamos, Nahima!,¡nos vamos!- dije saltando de alegría.

Pero una vez me hube tranquilizado, mi gozo tocó a su fin. Comencé a contar el producto de los ahorros de mi padre, y la suma tan sólo ascendía a doscientos dirhams, que sumados a lo poco que yo podía poner daba un total de doscientos seis.

Pasaron los dos días y preparé una bolsa, donde metí ropa para mi hermana y algo de fruta; supuse que en viaje pasaríamos frío así que cogí una vieja y decolorida manta que perteneció a mi abuela y cuidé de ponernos ropa de abrigo. Aunque Hakim era un buen hombre, y buen amigo de mi padre, yo tenía mis dudas sobre si nos dejaría viajar sin pagarle por completo, así que ideé un plan.

– Mira, pequeña – dije a mi hermana – hoy nos vamos de viaje ¿tú quieres viajar?

– ¿Dónde vamos, Nabir?

– Vamos a buscar a los hermanos, ¿tú quieres buscar a los hermanos? – ella asintió con la cabeza – donde ellos están vamos a poder comer muchas cosas buenas, y no vamos a pasar frío, y tendrás una cama para ti solita. Pero me tienes que ayudar ¿quieres ayudarme?

– Si, porque yo quiero ver a los hermanos.

Cuando llegamos al lugar convenido vi a Hakim con una pequeña embarcación, donde estaban subiendo un hombre y dos mujeres.

– Ya pensaba que no vendrías.

– Pues ya ves, aquí me tienes.

– Ya veo, ya – dijo mirándome con curiosidad – ¿Traes el dinero?

– Aquí está.

Contó el dinero, nos observó, y con la cabeza hizo un gesto para que subiéramos, y yo dí gracias a Alá, porque si existe nos ayudó y estaba de nuestra parte. Nunca olvidaré lo nervioso que estaba, ni lo inseguro de que mi hermana no supiera hacerse pasar por enferma. Pero no hizo falta nada de eso. Supongo que le dimos pena.

Subimos a la patera y nos acurrucamos. Del viaje recuerdo poca cosa, tan sólo mucho frío y mucha agua, la pequeña pasó la mayor parte del tiempo durmiendo y yo la despertaba de vez en cuando para asegurarme de que estaba bien. Llegamos a tierra firme y comenzamos a andar hacia unas luces, ,supuse que pertenecían a alguna ciudad y supuse bien.

Aquello fue impresionante, por las calles había unas enormes luces con formas de racimos de uvas, botas rojas, ciervos… Todas las calles se encontraban iluminadas con enormes dibujos.

– Estoy cansado, ¿qué te parece si buscamos un sitio para dormir?

– Vale, oye Nabir, ¿cuándo vamos a ver a los hermanos?

– Mañana los buscaremos, te lo prometo.

Seguimos caminando hasta encontrar un viejo puente, donde encendí un pequeño fuego para calentarnos y poder resguardarnos de la lluvia. Pasé toda la noche pensando en lo que podrían significar todas aquellas luces de colores que colgaban por las calles; pero no sabía que al día siguiente obtendría la respuesta.

Llegó la mañana y cuando desperté vi a mi hermana hablando con una mujer, y me asusté.

– No hables con extraños, ¡vámonos!

– No es extraña, se llama Lucía y nos ha traído leche caliente, mira.

Aquello me asombró bastante, pero no pude dejar de agradecerlo, aunque mi orgullo quedase herido con ello.

– Gracias, pero ¿por qué lo ha hecho?

– Verás – contestó mientras me servía una taza – es el día de Navidad, y bueno, ya sabes, en estas fechas ocurren milagros.

– ¿qué significa Navidad? – pregunté con gran curiosidad.

– Navidad significa que Jesús, el dios de los cristianos, mi dios, ha nacido. Se ha hecho hombre para cargar con los pecados de todos nosotros. Y con el nacimiento todos nos volvemos más…más buenos y compasivos con los demás.

El recibir aquella noticia me llenó de alegría, ahora sabía porqué mis hermanos no habían vuelto a casa; ellos también descubrieron el nacimiento del dios cristiano y gracias a ello podían vivir felizmente y sin que nada les faltase. Realmente fue la época más dichosa de mi vida, lo teníamos todo; había quién traía mantas, comida, bebida, ropa, incluso hubo quién trajo una muñeca a mi hermana. Era maravilloso, ojalá hubiera venido antes a la península. Durante aquellos días tan dichosos lo único que llegaba a extrañar era la cálida mano de mi madre acariciando mi cara cada noche.

Pasó el tiempo, y un día, sin saber por qué, no vino nadie. No hubo ni leche caliente, ni pan recién hecho, ni nada. Yo dejé a mi hermana allí y salí a buscar a alguien que me explicara lo que ocurría, ya que yo no lo entendía. Vi a una mujer y me acerqué a preguntarle.

– Señora, ¿qué ha pasado con su dios?, ¿ha muerto?, ¿por qué ya nadie canta en las calles?

– No, no ha muerto, pequeño – contestó la mujer medio riéndose de mí – ya no se cantan villancicos porque la navidad ha terminado.

Entonces lo entendí, yo no tenía nada que hacer en aquel lugar. Recogí a mi hermana y pregunté para llegar a la comisaría de policía, entonces mi único pensamiento era volver a mi casa y a mi trabajo, porque en Marruecos por lo menos tenía un trabajo con que dar de comer a Nahima.

Llegué a aquel enorme edificio gris y me llevaron a una habitación donde había un hombre, muy gordo y muy serio, sentado detrás de una enorme mesa.

– Bien, dime qué te pasa.

– Nada, soy de Marruecos y quiero volver a mi casa. – Al llegar a este punto no pude contener las lágrimas.

– No llores, hermano.

– Quiero volver a casa, por favor. Vine en una patera y quiero volver a mi casa.

– Está bien, está bien – dijo tendiéndome un pañuelo de papel – te devolveremos a tu casa, pero no llores – me miró y soltó un suspiro – se ve que las navidades no te han tratado muy bien ¿eh?¿los reyes magos te han traído carbón?

– Perdone, pero yo no creo en sus navidades.

– ¿ por qué?, si las navidades son unas fechas muy especiales.

– Porque sus navidades no son más que un invento, de la gente como usted, y de los cristianos que necesitan un pretexto para ser buenos y compasivos con los demás, durante unos días al año, y así calmar sus conciencias.

Foto: www.periodistadigital.com

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