Remordimiento

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La puerta se abrió violentamente, entró y echó un vistazo. Todo normal hasta dónde recordaba; la vieja alfombra seguía en su sitio, como cuando él jugaba, y el reloj continuaba funcionando.

Sintió el corazón en la garganta y comenzó a correr; debía llegar a la habitación antes que fuera demasiado tarde. Cruzó el inmenso salón, donde hacía meses que no entraba, siguió por un pasillo interminable y al fin llegó a la escalera. Tenía treinta escalones. Treinta escalones que le separaban de la verdad. Al tiempo que subía los peldaños vagas imágenes iban apareciendo por su cabeza; recuerdos de una vida lejana y feliz donde no se preocupaba por nada ya que nada le hacía falta. En aquellos días subía y bajaba la escalinata como una exhalación, todo era risa y jolgorio pero ahora el miedo comenzó a helar sus miembros y sus movimientos se hacían más torpes y pesados.

Al fin llegó arriba. Respiró profundamente y escuchó como su atemorizado corazón se resistía a seguir en el pecho e intentaba abrirse paso por la faringe.

Reanudó la marcha, al fondo frente a él aparecía la habitación ansiada.

La puerta estaba entreabierta y había una mancha roja en el suelo. Se acercó temblando y tocó el líquido viscoso que empezaba a coagularse. No había lugar a dudas: era sangre.

Por fin se enfrentó a sus miedos, abrió la puerta y entró en la estancia. Una vez dentro su estómago no pudo contener la impresión y rechazó el desayuno, que fue a parar justo encima de una sábana tirada en el suelo.

Paseó la mirada por el dantesco escenario y comenzó a buscar desesperadamente entre la sangre, el desorden y las vísceras. Levantó papeles, trapos, fotos, sábanas, sillas e incluso el enorme espejo de tocador que yacía en el suelo; y justo debajo de él apareció algo que pudo reconocer.

Su mano.

Tan sólo su mano, morada, fría, rígida y sola…pues tras la muñeca no había nada.

Esa visión terminó de destrozarle, la tomó temblando, y, sentado en la cama comenzó a acariciarla. Sus manos eran las más bellas que nunca había conocido ni conociera, eran blancas como la nieve, suaves como la seda y con unos dedos delgados e interminables que ahora lucían hinchados y negruzcos…¿cómo podía haberlo hecho?¿cómo llegó hasta ese punto?…

Salió de la habitación, bajó las escaleras y se sentó en el enorme sillón de terciopelo. Se sirvió una copa y con el miembro entre sus manos, se obligó a recordar la noche anterior.

Recordaba el anónimo recibido en su oficina en el que le comunicaban que ella había empezado a verse con otro hombre, indicando un lugar y una hora donde podría comprobarlo. Al principio no le dio credibilidad, al fin y al cabo se estaban dando un tiempo y ya todo apuntaba a que superarían la crisis que estaban pasando. Pero, aún así, conforme se acercaba el momento las dudas le asaltaban y recordaba pequeños detalles que le hacían dudar de ella. La amaba tanto…Y al fin, movido por sus dudas acudió a comprobarlo.

La vio con otro hombre, riendo, pasándolo en grande y besándolo con una pasión ya olvidada entre ellos dos. Volvió a casa y comenzó a beber.

Hasta ahí lo recordaba todo con nitidez, al igual que cuando la llamó para cenar juntos.

En adelante todo estaba oscuro en su cabeza…podía recordar una visión suya al recogerla… llevaba aquel imponente vestido rojo…otra imagen cenando en Marco’s…un inmejorable vino blanco…¡y ostras! A ella le encantaban las ostras…A la vuelta en el coche, él paró en casa de sus padres, dónde hacía algunos meses ella había instalado su residencia, le invitó a subir e hicieron el amor intensamente, como nunca antes lo habían hecho, como si hubieran sabido con antelación que ésta sería la última vez que lo harían…Y tras eso…

Nada.

Tan sólo…¡sí! Ellos en la, ahora ensangrentada habitación, acariciándose y besándose. Lo último que recordaba era que ella lloraba arrodillada a sus pies mientras él la abofeteaba. Después él despertó en su casa, vestido, con las manos manchadas de sangre y barro en los zapatos.

Bebió otro sorbo de su vaso y empezó a temblar de miedo ¿habría sido él?…esa idea le martirizaba, miró la mano inmóvil, comenzó a acariciarla y a pasear el envés por su mejilla, entonces, por primera vez desde hacía mucho tiempo derramó una lágrima.

Se levantó y cogió la 38 milímetros que guardaba en el cajón del bureau, intentó cargarla pero ya lo estaba – Extraño – pensó – suelo guardarla descargada.

Pero era una nimiedad y no merecía la pena preocuparse por ello. Terminada la copa se sirvió otra y disfrutó de ella con paciencia. El recuerdo de su mujer le taladraba el cerebro y una sola palabra resonaba en su cabeza: A S E S I N O

Miró una vez más la mano y no pudo contener la rabia: la lanzó contra una pared, metió el cañón del arma en su boca y disparó.

Silencio.

Tan sólo eso se oía en la casa.,

Silencio.

Pasado un tiempo prudencial sonaron unos tacones sobre el parquet, probablemente de aguja, bajando las escaleras y se pudo diferenciar la imagen de un imponente vestido rojo sobre el espejo del salón. Se oyó el inconfundible sonido de un antiguo teléfono de disco al marcar. Tras eso la sibilina voz de una mujer.

– Si, todo bien, ya podemos irnos tranquilos – comenzó a reírse mientras miraba el cuerpo inerte con desprecio – Ven y ayúdame a limpiar.

Foto:http://es.wikipedia.org/

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